Recuerdos de Araguaney

Estoy construido de palabras. Sólo eso. No hay nada más. Mis escrituras son un envoltorio perennemente idéntico. Cuando alce el vuelo al encuentro  uno de los círculos de Dante, llevaré simplemente ese pequeño envoltorio de voces que no dejarán rastro. Tampoco pesadumbre. La madurez ayuda a templar los miedos, y solamente lo sabrás cuando ese instante sea traspasado. 

Quien escribe y conversa no puede estar lejos de las voces que uno bebió en el regazo de la heredad materna.

 Mi idioma español está edificado sobre marmolillos, y en los largos años vividos en Caracas se consolidó, convirtiéndose en marea abierta entre incontables escritores del continente, aunque uno de ellos, Pablo Neruda, fuera el malecón que forzara  en piélagos la naturaleza poética.

El bardo, cuando departía,   se agrietaba la América cobriza, y el viento iba a esconderse en las cavernas insondables de los Andes.

 Un mes lluvioso, allá, donde comienza el Sur, una anochecida cayó el poeta teutónico que, cuando hablaba,  corrían torrenciales y  maíz en guijarros de Pacaembú.

Durante ese amanecer Isla Negra goteaba tinieblas. Los peces y mástiles se hundieron en el océano y la luz del alba no se atrevió a romper el horizonte color malva.

 Alguien, ante el cadáver del poeta  pintó sobre un poncho: “...hay un mensaje escrito en las paredes / y el pueblo, sólo el pueblo, puede verlo.”

Pablo recorrió  envuelto en mortaja azulina, frente a los  acantilados cara a la furia del Pacífico - nunca sereno ni claro -  toda la gama de la lírica.

Al pie del hipogeo lo esperaba Gabriela Mistral, la  frágil maestra  cuya obra,   de una sexualidad arrebatadora, había levantado  querencias y vientos.

Cuando en Hispanoamérica  flameaba una sílaba de color añil, verde o roja, la memoria del pueblo sabía que cada   cien  años germinaba  como las piedras de Machu Pichu, las olas en Arica o la arena de las playas caribeñas.

Un día Neruda,  visitando Caracas, escribió en una oda envuelta en la recóndita  idiosincrasia criolla: 

“Nombres de Venezuela / fragantes y seguros /  corriendo como el agua /    sobre la tierra seca, /  iluminando el resto /  de la tierra /  como el araguaney  / cuando levanta /  su pabellón  de besos /  amarillos”.

 A Caracas, la ciudad contrahecha y a su vez diáfana,  uno la persigue de manera querendona aunque no sea grata en su estructura. Como ciudad es deslustrada, poco agraciada, escabroso, inhumana, y  únicamente su gentilicio, cordial, amable, con un deje tierno y sutil, ayuda amar lo que se conoce, aunque lastime.

 



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