Yonkis del poder

      Saturados por las redes de información, por la amenaza de incontables conspiraciones y catástrofes bélicas, espaciales y climáticas vivimos inmersos en una paranoia social que no hace sino enriquecer la industria de las editoriales gracias a este nuevo género literario de las conspiraciones. Cada vez son más quienes nos advierten obsesivamente de un poder oculto, una cúpula esotérica que gobierna a la humanidad bajo la sombra. Algo de razón no les falta, aunque muchos de estos denunciantes sigan arrastrando el trauma de unos padres excesivamente controladores. Quizá exista un puñado de multimillonarios aburridos (club Bilderberg) que tratan de saciar su ego conferenciando sobre planes intervencionistas a gran escala que rara vez se llevan a cabo, pero que son hábilmente tergiversados por supuestos investigadores y periodistas que saben dónde huele a dinero. Otra vuelta de tuerca: bien podría existir un «poder oculto» cuya finalidad no sea otra que hacernos creer en conspiraciones. Lo que está claro es que ningún poder, por muy oculto que esté, escapa a las telarañas de la Información, y cuanto más poderoso sea menor posibilidad tendrá de actuar de incógnito con un mínimo de eficacia.

 

      Es un hecho demostrado que los gestores y dirigentes de las grandes corporaciones (bancos, petroleras, eléctricas, farmacéuticas…) nos gobiernan a través de los políticos, que no son más que títeres, piezas de un tablero. Sólo hay que ver el currículum de algunos ministros y presidentes de gobierno para entender por qué están donde están. Finalizado su contrato en la política regresarán a las filas de esas mismas corporaciones interconectadas, generalmente ascendidos de cargo y sueldo (conviene resaltar que cuanto mejor hayan servido a los intereses de sus amos, aunque ello vaya en detrimento a los intereses de los ciudadanos, más réditos y garantías de futuro tendrán. Muchos políticos que no han estado relacionados con tales corporaciones pueden, no obstante, ingresar más adelante en sus filas si su política de privatización ha producido beneficios a esas mismas corporaciones. No nos extrañe, pues, que algunos de los presidentes y ministros más nefastos de la democracia hayan ocupado posteriormente altos cargos de poder en la industria o en la banca). Nadie ha sido más claro que Hans Tietmeyer, presidente del Bundesbank entre los años 1993 y 1999, cuando dijo a los dirigentes europeos: «Ustedes señores políticos tienen que acostumbrarse a obedecer los dictados de los mercados». O más exactamente: a los dictados de quienes gobiernan los mercados.

 

     Un informe elaborado por Oxfam afirma que un elenco de 85 multimillonarios atesora más riqueza que la mitad de la población mundial. Dicho de otra manera: sólo el 1 % de la población mundial posee más riqueza que el 99 % restante. Con el fin de abaratar costos y comprar más barato, estos yonquis del poder –que más bien parecen niñitos ensimismados jugando al supermonopoli–, son quienes hacen caer gobiernos y provocar crisis financieras mundiales, aun llevando a la desesperación y a la ruina a millones de personas de todo el mundo. Para ello utilizan diferentes medios de poder (pues por sí solos muy poco pueden hacer). Tales medios, que actúan como mercenarios de la oratoria o matones de guante blanco, son las llamadas agencias de información, agencias de rating y los «gobernantes», marionetas políticas al servicio del poder.

 

      El mejor momento para desestabilizar la economía o iniciar una gran crisis es cuando todo marcha bien durante un buen tiempo, cuando la situación económica de los países desarrollados es creciente y la Bolsa parece saludablemente engordada. El primer paso es fomentar el miedo y la paranoia de los pequeños y medianos inversores, la base del sistema financiero, en cuya cúspide están los que dan las órdenes: los grandes accionistas. Ahí entran en escena las más «prestigiosas» agencias informativas como Associated Press, Bloomberger o Reuters, que bajo la orden «desaten el pánico» no dudan en vaticinar toda suerte de catástrofes económicas. Ya en 2007, poco antes del inicio de la crisis mundial, conjeturaban que la Unión Europea se rompería y que el euro desaparecería, que se produciría una insolvencia en toda Europa y que la Bolsa se desplomaría. Aquí viene al pelo la acertadísima frase del filósofo Paul Watzlawick, «La profecía de un suceso lleva al suceso de la profecía». No es ninguna casualidad que los mayores accionistas de estas agencias estén entre los cien individuos más ricos del mundo, que son precisamente quienes dictan las órdenes. Ni  es casualidad que se dieran dichas órdenes cuando previamente ya lo habían vendido todo y contaban con sobrada liquidez. Pero de muy poco servirían las agencias de información si no contaran con las «prestigiosas» agencias de rating como Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch, cuya finalidad no es otra que poner nota a determinados productos financieros o activos, ya sean de empresas, estados o gobiernos regionales, puntuando su solvencia con la máxima calificación, una triple A, o devaluándolas con calificaciones más modestas como una triple B o una mezcla de ambas, hasta llegar a los bonos basura o junk bonds, bonos calificados de alto riesgo para el inversor, lo que sirve mayormente para generar miedos y recelos muchas veces infundados y que no hacen sino empobrecer y marginar a grandes empresas o países que hasta entonces no habían tenido importantes problemas financieros. O al revés: de generar una confianza desmedida hacia empresas fraudulentas como la ya conocida Madoff, calificada con una triple A por las más «prestigiosas» agencias de rating poco antes de destaparse el fraude, que ascendió nada menos que a 50.000 millones de dólares.

      Tampoco es casualidad que algunos de los más importantes accionistas de las agencias de información lo sean también de las agencias de rating, siendo ellos mismos usuarios de las calificaciones. Ni que algunos de los accionistas de Moody’s lo sean también de la editora McGraw Hill, la propietaria de Standard & Poor’s. Pero ni los mayores gestores de inversiones ni las agencias de información ni las agencias de rating pueden provocar una crisis sin la ayuda de los gobernantes. Aquí entra en escena uno de los actores principales: Mario Draghi, actual presidente del Banco Central Europeo, que bajo los auspicios de la Merkel «deciden» cuándo generar moneda o cuando bajar y subir los tipos de interés. Resulta lógico, pues, que el ciudadano Draghi fuera exvicepresidente y socio de Goldman Sachs, cuarto banco de inversión del mundo, y que durante su cargo ayudara a Grecia a ocultar su deuda a través de instrumentos financieros opacos, operación conocida como swap y que fue sin duda la mayor estafa financiera de la historia. En el año 2009, cuando los tejemanejes de las cuentas griegas quedaron al descubierto, surgió el incendio en toda la eurozona. Fue el principio de la crisis europea, que empezó en Atenas, siguió en Irlanda y Portugal e infectó al conjunto de la UE. «Poner a Draghi al frente del BCE es como tener a un zorro guardando el gallinero», explica a Público el prestigioso economista Simon Johnson, profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT).

 

      Por muy paradójico que resulte, no es extraño que algunos de los exdirectivos del banco que ayudaron a provocar el incendio –y que sin duda deberían estar en la cárcel– recibieran el encargo de apagarlo, como Petros Christodoulou, director de la gestión de la deuda pública griega durante dos años; Lukas Papademos, primer ministro de Grecia tras la debacle del socialista Yorgos Papandreu; Mario Monti, primer ministro italiano tras la salida de Mario Berlusconi; el ya fallecido Antonio Borges, director del Departamento de Europa del FMI desde octubre de 2010 a noviembre de 2011; y el ya mencionado Mario Draghi, actual presidente del Banco Central Europeo.

 

      Como era de esperar, ninguno de ellos ha intentado en estos años aplicar nuevas leyes para controlar mejor a los bancos, más bien lo contrario: con sutiles argucias oratorias y eufemismos han conseguido que sean los ciudadanos quienes arreglen con su dinero el desaguisado que ellos mismos crearon. Hoy nuestros gobernantes obedecen a sus amos, «los mercados», con el mismo celo que antes obedecían a la burguesía, distintos perros con los mismos collares.

 

      Por más políticos y periodistas comprados que haya, sorprende, no obstante, que está burda estafa hipermillonaria no haya sido todavía erradicada. Parece que el poder del dinero sigue siendo más fuerte que el poder de la inteligencia, si bien es cierto que no faltan políticos, economistas y periodistas honestos que conocen bien la trampa y advierten repetidamente de sus consecuencias. El pueblo, que no es tan manipulable como sus gobernantes, ya se ha olido la estafa y no tolera tan fácilmente el descaro y la impunidad del poder financiero y político, que anclados en un decadente idealismo siguen viendo al pueblo como a un temeroso y estúpido rebaño. Un grave error de apreciación que les está pasando factura, ya que esta vez el ciudadano cuenta con suficientes medios de información y poder como para no tragarse los mismos embustes de siempre. El bipartidismo parece desmoronarse mientras nuevos partidos con ideas propias proponen un modelo de gobierno más cercano al ciudadano y menos dependiente del poder financiero.

 

     Hay que entender que los cien hombres más ricos del mundo –o los cien más ególatras– sólo son poderosos por la debilidad de los que se venden. Hecha la crisis, ya pueden comprar empresas a mitad de precio en las rebajas europeas. No es de extrañar que estos «yonkis» hayan incrementado su patrimonio en 2014 en un 27%, en la misma medida que han llevado a la pobreza a otro buen tanto por ciento de ciudadanos de todo el mundo. Y todo por una dosis, un buen chute de ego cuyos efectos durarán al menos una buena temporada. Parece que todo su campo mental se reduce a un tablero de cifras y letras donde las personas y las empresas tienen el mismo valor que los números. Como bien dice el dicho: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces». En vano tratan de compensar sus complejos y traumas de la infancia acumulando ilimitadamente más y más dinero, de manera no muy diferente a quienes, llevados por el síndrome de Diógenes, acumulan sin sentido montañas de basura. Apartados de la realidad, viven en un delirante mundo de fantasía –una yonkilandia perpetua– donde creen ser los amos del universo. Ahora bien, no es precisamente el deseo de «mejorar» la humanidad, de implantar un régimen masónico planetario lo que incita y excita a estos «jefes del mundo», como aseguran muchos conspiranoicos, sino algo tan simple y burdo como la pura codicia y la dependencia al poder.

 

 



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