Diario bajo los escombros inspirado en el bombardeo en Al-Ansari, barrio de Zabadiya en Alepo

“Corrimos para salvar lo que pudimos, para variar, después de que la bomba hubiera saciado su deseo de destrucción y cosecha de almas… Muchos, muchos cadáveres, oh Señor”.
Aquí hay una niña para la que no estaba escrito y un niño que sabe que siente que algo en él no está bien, pero no es consciente de que una tira de su piel o incluso un trozo de su cráneo ya no está en su sitio. Sin saber cómo dice: “Tío, por favor, tío… Por favor, tío…” al pobre que saltó para salvarlo.
Veo algo pero me siento paralítico, no sé que me ha pasado esta vez, ¿por qué no puedo ayudar?
Las voces suenan extrañas en mi cabeza esta vez, como si estuvieran más lejos y fueran más profundas.
“Chicos, venid, hay un niño aquí”, grita uno y otro desde allí grita: “Este… ¿Dónde tiene la cabeza? Dios es grande”.
Veo a esa mujer bajo los escombros luchando contra la muerte, conteniendo aún un hálito de vida. Me parece un jardín sin vida. A pesar de que sigue con vida, no puede levantar la cabeza ni miembro alguno de su cuerpo para llamar. Veo sus ojos parpadeando un poco bajo la profundidad de la ceniza y la destrucción. Dios mío, soy el único que puede verla, pero no puedo hacer nada, ¿qué pasa? ¿Qué, qué es esto? Uno de ellos se acerca a mi rostro y me mira de cerca, con una extrañeza que no comprendo, y grita tan alto que me asusta: “Este está vivo, chicos, aún vive. Venid a sacarlo”.



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