Asturias, frente a los retos de la nueva cohesión europea

Asturias, frente a los retos de la nueva cohesión europea

Oviedo.-El presidente del Principado, Javier Fernández, intervino este martes en la presentación del informe "Las comunidades autónomas frente a los retos de la nueva cohesión europea en la Europa ampliada", editado por la Fundación Alternativas, en un acto celebrado en el Salo?n de Actos del Palacio del Conde de Toreno. En su intervención destacó el europeismo asturiano frente a una Unión Europea que amenaza ruina por decisiones equivocadas y alejadas de los propios europeos.

 

 

Texto íntegro de la intervención del presidente

 

 

Al preparar esta intervención tuve la misma duda que cuando redacté el prólogo. El libro coordinado por César Colino es una suerte de tratado geográfico que orienta a las comunidades autónomas para que se desenvuelvan en la política de cohesión de la Europa ampliada. Es una feliz iniciativa de la Fundación Alternativas, cuyo vicepresidente, Nicolás Sartorius, también nos hace el honor de acompañarnos esta tarde. A ambos, al profesor Colino y a Nicolás Sartorius, enhorabuena y gracias.

 

Decía que el trabajo dirigido por César Colino es un libro guía, en cierto sentido. Por lo tanto, útil, teórica y prácticamente para los gobiernos autonómicos. Pero, como ya me ocurrió con el prólogo, no quiero resistirme a una tentación. La tentación de reflexionar sobre el estado actual de la Unión Europea. Porque no estamos hablando de una realidad irreversible, sino de una construcción que amenaza ruina. Quizá la aseveración les resulte exagerada, un punto dramática. Si es así, lamento reafirmarme.

 

Recordarán ustedes una expresión que hizo fortuna hace unos años, la de los  brotes verdes que preludiaban el fin de la recesión. Desgraciadamente, parece que no hubo savia suficiente, y la primavera anunciada se quedó en crudo y prolongado invierno. Creo que hay más motivos para hablar ahora de una creciente plaga de desánimo europeo. En enero de este mismo año, una docena de intelectuales suscribió el manifiesto titulado Europa o el caos, cuyo título era bien expresivo. David Cameron, el primer ministro británico, prometió celebrar un referéndum en 2017 para decidir si el Reino Unido sigue o no vinculado a la Unión Europea. El número de euroescépticos crece, también el de eurofóbicos, en el continente, y en Grecia, Portugal e incluso España se expande la idea perniciosa de que Europa es un problema, más que una solución. Los partidos abiertamente contrarios a la Unión aumentan su respaldo electoral y, lo que es más alarmante, el recelo hacia la UE se infiltra también entre las grandes fuerzas.

 

El camino trillado lleva siempre a la misma conclusión: el déficit democrático de la Unión Europea aleja a los ciudadanos. Todos ustedes pueden recitar de memoria la misma canción. El proyecto original de la UE concluye en la constitución de una moneda única que no sobrevivirá sin anclaje político. Para rellenar esta laguna, es necesario conferir más potencia política a la Unión, dándoles más poderes a los ciudadanos y podando la espesura institucional y administrativa que se enrama en los diversos organismos, foros, comisiones y entes comunitarios. En cuanto a un planteamiento puro de literatura política, suena perfecto; en la praxis, me pregunto si este objetivo es realmente alcanzable sin la existencia de un demos común. Cabría interrogarse también si no deberíamos haber calibrado previamente los pros y contras de las sucesivas ampliaciones, si los tiempos se deberían haber acompasado con otros ritmos.

En todo caso, no es ésa la fuerza motriz de mi planteamiento. También comparto las críticas al debe democrático de la Unión. Sin integración política, es factible que el euro se desintegre por desagregación. Estoy en esa idea, en el proyecto de darle más músculo político a Europa.

 

 

Pero no debemos hablar en abstracto. Si la Comunidad Europea supuso durante décadas un horizonte de esperanza fue porque ofrecía tres garantías. Una garantía democrática –las dictaduras, los regímenes despóticos estaban excluidos-, una garantía económica –el corazón europeo aseguraba prosperidad- y una garantía social –en los países del club europeo los ciudadanos tenían asegurados derechos sociales, como la cobertura de desempleo, redes sanitarias y educativas públicas, un importante haz de derechos laborales, etcétera. Obviamente, con diferencias entre uno y otro Estado, pero los tres ejes formaban los lados de un triángulo que anhelaban los ciudadanos de los demás países: plenitud democrática, con los derechos civiles correspondientes; certidumbre económica, incluso en los períodos de recesión; y derechos sociales que reducían el riesgo de exclusión. Mientras ese triángulo se sostuvo, la UE fue un referente luminoso, un proyecto ilusionante impulsado, además, por grandes líderes  que creían firmemente en él y a él dedicaban buena parte de su vigor intelectual y político. La creación del Banco Central Europeo en 1998 y la implantación de la moneda única a partir de 2002, recordémoslo, fueron interpretados como hitos en el avance de la Unión, e hitos considerados lógicos: el euro acababa con las fluctuaciones monetarias dentro de la comunidad y se convertía en una divisa capaz de disputarle la primacía al dólar. Claro que había problemas de déficit democrático; claro que faltaba una política fiscal común; claro que se había hecho una integración monetaria sin integración económica, pero la Unión Europea seguía siendo un destino compartido.

 

Ya intuyen a donde quiero ir a parar. Ha sido la recesión económica y, en concreto, la gestión concreta de la recesión la que ha debilitado la Unión Europea hasta el extremo actual. Ahora, los tres lados de aquel triángulo virtuoso están erosionados. Podemos culpar a la propia crisis de que la garantía económica  se haya fracturado, pero ha sido la gestión de la recesión la que ha carcomido los otros dos lados, el de los derechos sociales –hoy concentramos los esfuerzos en sostener el Estado del bienestar en lugar de expandirlo- y el de la plenitud democrática, porque nunca fue tan evidente que las decisiones que afectan a toda la Unión se toman por instancias lejanas que resultan ajenas a los ciudadanos. Justo dentro de un año habrá elecciones al Parlamento Europeo. No soy amigo de los pronósticos, pero les invito a tomar nota de cuáles serán los resultados de esos comicios si antes no media una rectificación de la política económica de la Unión.

 

Por ello resulta tan urgente virar el rumbo. No podemos aguardar a las elecciones de mayo. Ni siquiera a las elecciones alemanas del 22 de septiembre, como advertía recientemente Nicolás Sartorius en un artículo cofirmado con Diego López Garrido y Carlos Carnero. El fracaso de la austeridad es una evidencia, y no sólo por sus consecuencias económicas. Hay una corriente ideológica de fondo que aprovecha también para arrimar el ascua a su sardina y culpar al Estado del bienestar de la crisis o, en una versión más suave, para asegurar que el Estado del bienestar será irrecuperable, por insostenible. Es una tesis que rechazo de plano. La rechazo por su falacia económica, por su orientación ideológica y, también, porque dañaría aún más el proyecto europeo. La Unión Europea  requiere, indefectiblemente, ese tercer lado que componen los derechos sociales. La construcción europea necesita, insisto, plenitud democrática, garantías económicas y derechos sociales. Prescindir de uno de esos lados no hará sino debilitarla.

 

Pensemos qué significa hoy Unión Europea para cualquier ciudadano. ¿Qué imágenes se le vienen de inmediato a la cabeza? Pues los hombres de negro, una moneda única que les empobrece en lugar de darles fortaleza económica, austeridad abrasiva, troika al mando, gobiernos nacionales desarbolados… Hemos de convenir que así será imposible avanzar hacia un demos europeo. Es urgente caminar en la construcción democrática, como siempre se recuerda; es urgente avanzar en la unión monetaria, como también se exige a menudo; pero el mayor apremio para salvar la Unión Europea pasa hoy por la rectificación de su política económica, por acabar cuanto antes con un rigor de ajustes que (perdón por el mal gusto) puede acabar convirtiéndose en rigor mortis para determinados países. España, como saben, suma seis millones de parados, y es imposible disociar esta cantidad de los ajustes planteados por la troika y asumidos sin pestañear por el Gobierno de Mariano Rajoy.

 

No me gusta simplificar. El problema es complejo e intervienen muchos factores, pero no puedo dejar de citar a la canciller alemana, Ángela Merkel, como uno de los mayores responsables de esta situación. Cuando Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg no pensaba en estas cosas, a buen seguro. Pero la deriva de la ética luterana ha engendrado también sus propios errores y el planteamiento de la respuesta a la crisis que hace la presidenta alemana tiene mucho parentesco con esa interpretación. La Unión Europea necesita suplir su déficit democrático, completar la unión económica, rectificar la política frente a la recesión y, además, y cuanto antes precisa estar gobernada por líderes que crean sinceramente en el gran proyecto europeo. Los hubo y no sé si los hay.

 

Bien, y frente a esta situación, ¿qué puede hacer una pequeña comunidad del norte de España?

 

La genética europeísta de Asturias arrastra mucha historia. Un legado que procede de Alfonso II el Casto, aquel rey astur pionero de una voluntad integradora de los territorios atlánticos e interlocutor de Carlomagno; que continúa con los senderos cantábricos de cultura y civilización abiertos por los caminantes hacia Compostela; que prosigue con Jovellanos, Flórez Estrada o Agustín Argüelles, más deslumbrados por las Luces británicas que por las francesas, y que confluye en las dos últimas centurias con la militancia declaradamente europeísta de Leopoldo Alas Clarín, el Grupo de Oviedo, el regeneracionismo krausista, Ramón Pérez de Ayala, los orteguianos José Gaos, Pedro Caravia, Manuel Granell, Fernando Vela y Valentín Andrés Álvarez, sin olvidar a Luis Sela, que desde su cátedra de Derecho Internacional en Oviedo impulsó el Seminario de Estudios Europeos cuando el europeísmo estaba satanizado por la dictadura franquista.

 

Más allá de la historia, el europeísmo asturiano tiene mucho de rebelión frente a las diferentes variedades de autarquía y de autoritarismo hispano. Si las generaciones de europeístas asturianos miraron hacia el norte, fue porque vieron en los aires septentrionales una forma de librarse de lo peor de esa España una, grande e intolerante, absolutista en su cerrazón, que se atrincheró siempre contra todo lo que representa la modernidad ilustrada.

 

Esa vocación europeísta se consolidó con la recuperación de la democracia y el ingreso en la Comunidad Europea el 1 de enero de 1986. No es casual que Fernando Morán, un avilesino y militante europeísta por convicción, fuese el ministro de Asuntos Exteriores que firmase con el Presidente Felipe González la adhesión de España a la CE.

 

Aquella firma permitió que España y Asturias conociesen en estos últimos 27 años la etapa de mayor desarrollo social, progreso económico y ampliación de derechos y libertades. Fue un tiempo en que nuestro país se alejó de las esquinas de la historia no del rincón, que quede claro para ser protagonista de un proyecto para la historia. Hubo que hacer sacrificios, pero fueron muchos más los réditos.

 

Pese a la zozobra alimentada por los discursos eurófobos, Asturias sigue afirmando su vocación europeísta. Lo hace desde el convencimiento de que la Unión Europea ha sido corresponsable de los años de mayor prosperidad conocidos por España y Asturias, pero también desde el compromiso de alentar un proyecto comunitario que extienda la actual soberanía económica y monetaria al ámbito político. Se trata, más allá de los discursos huecos, de construir la Europa de los ciudadanos.

 

Para Asturias, la Unión Europea sigue siendo el futuro, el único proyecto democrático capaz de construir una sociedad en la cooperación y el bien común sea un mismo afán colectivo. Se abre un nuevo escenario definido por dos coyunturas: una económica, con un marco presupuestario en el que Asturias pasa a engrosar el grupo de regiones más desarrolladas; y otra, política, en la que la creciente desafección ciudadana hacia el proyecto europeo reclama una sincera unidad política.

 

Ante el nuevo marco financiero 2014-2020, Asturias ha hecho una apuesta por articular alternativas que aporten más riqueza, más empleo y más bienestar social. Para ello, el Gobierno del Principado ha puesto en marcha dos estrategias, la de Especialización Regional Inteligente y la de Asturias en Europa, dirigidas al desarrollo territorial y a aprovechar el potencial de recursos sociales y económicos de la Unión Europea.

 

Dos estrategias que suponen afrontar un cambio de paradigma en el papel de las regiones en la UE. Ya no se trata sólo de esperar el maná de los fondos comunitarios. Bienvenidos sean. Habrá que sumar ahora la capacidad de iniciativa de las instituciones regionales para optar a recursos adicionales dirigidos a la mejora de la eficiencia económica, esencial en estos momentos de crisis para ampliar la competitividad de las empresas y rentabilizar la alta capacitación profesional de los asturianos.

 

Concluyo. Y lo hago confiando en que el sabio George Steiner, premio Príncipe de Asturias y quintaesencia viva de la europeidad, se haya equivocado, al menos por esta vez, cuando afirmó que la autodestrucción es uno de los rasgos de Europa. Espero que los europeos, los del norte y los del sur, sepamos espantar los fantasmas suicidas de la eurofobia y sepamos también edificar ese espacio político de unidad en la cooperación ilustrada y la civilización democrática.

 

A esa Europa, desde esta esquina del norte del sur, quiere contribuir Asturias.

 

 

FOTO:

 

De izquierda a derecha: Nicolás Satorius, vicepresidente de la Fundación Alternativas; el presidente del Principado, y el profesor César Colino.

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