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Asturias Mundial

30/06/2018
La plaza de los desplazados
El circo, el círculo y el fleco de la posverdad


 

 

 

 

 

 

 

La guerra es un circo, negocio redondo, inacabado; representado en un círculo insaciable de información y transacciones violentas que se retroalimentan de modo voraz.

 

Primero abastecemos de armas al tercer mundo en zonas de conflicto que en muchos casos, a su vez, ha sido provocado por el primer mundo como consecuencia de abusos feroces o políticas de colonialismo; suelen ser (casualmente) territorios muy ricos en una o varias materias primas.

 

Seguidamente, en una ostentación obscena de “solidaridad”, el primer mundo denuncia el conflicto y la existencia de armas de destrucción masiva: se envían tropas, lían la mundial, aniquilan sin ningún escrúpulo a civiles, destruyen las infrastructuras del territorio,… el circo sigue, imparable, el círculo no se cierra, sigue… hay que reconstruir un país donde tras el enfrentamiento ha empeorado el conflicto y las enfermedades y la hambruna provocan que la situación sea desesperada...

 

El único fleco de este negocio (con el que no contaban) lo constituyen aquellas miles de personas que huyen desprotegidas de una situación insoportable, de horror o de otras circunstancias de abuso… a las que se pretenderá posteriormente sumir en el olvido histórico mediante el ostracismo o la exclusión y la distorsión de los hechos y acontecimientos sufridos mediante mecanismos de manipulación mediática y emocional.

 

 

 

 

En un alarde de cinismo, nombramos una y otra vez a los desplazados:

 

refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada, refugiado, refugiada…

18  nombrados, desplazados, vacíos de sentido...

 

 

 

 

                                                                                    

  

EUROPA DEBE PAGAR ( Antonio Ojea Pérez)

 

"Aún me acuerdo de cuando los estudios de geografía incluían territorios en África, prácticamente ocupados por las “potencias” europeas. Los estudiábamos como África Occidental Francesa, Congo Belga, provincias españolas y portuguesas en África. Incluso, cuando cursaba aquel Preuniversitario, una de las dos materias renovables cada año llevaba por título “Plazas y Provincias Españolas en África”, que incluía una detallada descripción de Guinea Ecuatorial, las islas de Elobey Grande, Elobey Chico, Annobón y Corisco, pertenecientes al archipiélago de Fernando Poo, además de los territorios de Ifni, el Sáhara Occidental (el oriental era francés) y el Protectorado de Marruecos.

 

Dejando a un lado la ocupación de la Italia fascista por las tropas del mariscal Badoglio, despegadas en Addis Abebba al paso ligero de los airosos “bersaglieri”, porque no duró mucho, y el pintoresco episodio de la guerra de los Boers que justificó el “apartheid” en Sudáfrica después de que las tropas imperiales británicas vencieran a los zulúes, prácticamente toda África estuvo siendo “administrada” y saqueada hasta el último tercio del siglo XX, por las potencias europeas que con cada guerra se repartían África para enriquecerse esquilmándola.

Diez años después de finalizada la II GM, la conferencia de Bandung pretendió dar una salida aceptable a las antiguas colonias, aunque todo se quedó en agua de borrajas, porque se había instalado ya la Guerra Fría y la URSS se posicionaba junto a los estados emergentes anteriormente colonizados. Y, claro, así la “legalidad occidental” puso todos los frenos disponibles para que el resultado práctico no dañase demasiado a las potencias coloniales. Y se dieron casos como el del rey de un pequeño país europeo llamado Bélgica, un tal Leopoldo, que llegó a tener como de su personal propiedad el país que entonces se llamaba Congo Belga y a cuya capital dio su nombre: Leopoldville.

 

Y de aquella África se “importaron” materias primas (fosfatos, diamantes, maderas nobles) y una mano de obra autóctona en régimen de mal disimulada esclavitud, de donde salieron las fortunas que disfrutaron (y aún disfrutan) quienes se han encaramado en los puestos de mando de éste que llamamos mundo desarrollado o primer mundo. Por cierto, ¿alguien ha oído hablar del segundo mundo?, porque entre el primero y el tercero debería haber alguno, ¿no?

 

El caso es que aquella grosera rapiña se fue enmascarando con lo de la “descolonización”, que consistió en dejar los asuntos africanos para reyezuelos o militarotes encargados de mantener en el subdesarrollo a sus respectivas poblaciones y que siguieran sometidas en beneficio de un “libre comercio” que se iba instalando en todo el mundo, aunque sólo significaba que unos ponían lo comerciable y otros se beneficiaban de su libertad.

Mientras, en el ámbito magrebí, la Legión Étrangère francesa y su copia cutre, la Legión Española, se encargaban de mantener las cosas en su sitio en lo que hoy son Marruecos, Argelia y Mauritania, al tiempo que iban fraguando atrocidades como los militares “africanistas” españoles y los epígonos de la “Beau Geste” francesa, que se dieron a conocer universalmente en una guerra civil y una organización terrorista llamada OAS.

 

Este resumen apresurado y subsidiario de la simple memoria viene a cuento para poner, negro sobre blanco, que la Europa desarrollada tiene una deuda ingente con África y los africanos, a los que hay que añadir a todos esos que tuvieron la desgracia de nacer y vivir en esa zona de fricción llamada Medio Oriente, en la que quienes siguen dirigiendo el primer mundo gozan promoviendo y manteniendo conflictos derivados de los siglos de sometimiento al que han condenado países como Líbano (un día considerado el casino y el burdel de Europa), Siria o el avispero palestino.

 

Y el caso es que no estamos más que empezando a devolver lo robado al tercer mundo, que nos pasa su factura en cayucos, pateras y balsas neumáticas, huyendo de la miseria que les indujimos, la muerte que les seguimos proponiendo y el desprecio incesante de quienes llevan siglos engordando con las hambrunas de Etiopía, el genocidio palestino y el dominio sobre los recursos energéticos.

En fin, que ya no se trata de humanitarismo, de caridad cristiana o compasivas expresiones de solidaridad, sino de que hemos de pagar la hipoteca contraída, como nos obligan por aquí los bancos y los tiburones transnacionales.

 

Y de eso se trata, porque EUROPA HA DE PAGAR lo que le debe a quienes ha esquilmado y abandonado a su suerte. Esto de los inmigrantes no es más que parte de la factura que hemos de aceptar. Lo demás, es fascismo puro y duro."

 

 

 

 

 

 

 


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