IT’S THE REALITY, STUPID

«¡La realidá, so fatu!», remedando a Clinton. Ese podría ser el lema que sirviese como doble diagnóstico: de lo que está ocurriendo, frente a lo que se soñó o adolescentizó; de la reacción de los muchos que ven en el imperio de la realidad una conspiración del mal contra sus ensueños.

               Porque cuando el PSOE (quintaesenciado en el presidente J. L. R. Zapatero) ha tomado esas medidas que siempre «garantizó» que nunca iba a tomar (recorte de pensiones, bajada de salarios de funcionarios, apariencia de reforma laboral, paraprivatización de las cajas de ahorros, subidas de impuestos, recorte de inversiones… ) no lo hace porque haya cambiado de voluntad (o, tal vez, porque su voluntad proteica y heraclitiana haya mudado de lugar de posa y apariencia), sino porque a ello lo empuja la realidad.

               No son tampoco, como piensan algunos con mentalidad entre paranoica y adolescente, «la dictadura de los mercados» (aunque existan especuladores que se aprovechan de la debilidad de un enfermo desmadejado) o «el imperio de Europa» quienes obligan al PSOE (y su cariátide, J. L. R. Zapatero) a cambiar sus políticas, sino la meritita realidad, que, como decía Lenín, «ye testona», es decir, inconmovible por las quimeras de los humanos.

               «Quien miente en su bolsa lo siente», dice el refrán castellano. Y durante décadas, en una gran parte del mundo, y muy especialmente en España, hemos estado practicando el juego del «mentirosu». Ya saben: se juega con tres dados bajo el cubilete y dos visibles. Cada uno de los jugadores ha de superar la jugada que el anterior «dice que tiene». De ese modo, es posible que, sin haber configurado en realidad ninguna combinación, la apuesta vaya subiendo y varios jugadores vayan aceptando que la jugada ficticia (y siempre superior, siempre «inflacionada») que el anterior le pasa es verdad. Y así va corriendo la cosa hasta que alguien dice: «No lo creo, enséñame la pasta, esto es, la combinación». Y entonces se descubre que  allí no había más que una espiral de inflación y crédito, una estafa piramidal, una fantasía de tulipanes. Y todo se desmorona.

               Nuestra realidad ha sido construida así. Peor aún: con una grave dependencia exterior y con una gravísima incapacidad para crear empleo. Es ello lo que nos obliga a lo que nos obliga, y no ninguna conspiración o tiranía exterior. Porque sí hay espacio para la política, para muchas políticas. Entre otras, la extrema: salir del euro, deflactar, realizar un duro ajuste, capear las revueltas sociales, volver a crecer. Y desde ahí podríamos, por ejemplo, no acudir, o acudir escasamente, al crédito exterior. He ahí una forma de recuperar «la soberanía de la política», que algunos reclaman. ¿Deseable? ¡Ah, eso es otra cosa!

               Pero lo más curioso (y preocupante y enfadoso) de todo son las reacciones de quienes (y son legión) cuando ven chocar sus recetas fantásticas con la realidad creen que es la realidad la que está mal hecha; de aquellos a quienes ni el duro choque con la evidencia es capaz de desemburrar de la montura de su fe. Porque ¿qué opinaríamos de un médico que culpase de la muerte del enfermo no a sus errores de diagnóstico o de tratamiento, sino de la inadecuación de la naturaleza a sus teorías? ¿O de un ingeniero que, al enviar una nave al espacio, responsabilizase de la errónea trayectoria no a sus fallidos cálculos, sino a la mala conformación del mundo? ¿Los consideraríamos en su sano juicio?

               «¡La realidá, so fatu!», gritemos. Porque la realidad, sonsañando ahora a Pascal, «tiene sus leyes, que reducen a su inane dimensión los ensueños del corazón o de la razón». Claro que una cosa es la realidad y otra, la percepción de la realidad. Porque la fe, que consiste, como se sabe, en no creer lo que vemos, es impenetrable por la realidad y por la evidencia.

               «Inasequibles al desaliento», como se excitaban ante la realidad los franquistas. «Devanando a sí mismo en loco empeño», como para Gerardo Diego el ciprés de Silos.

               O sea, otra vez, «la revolución pendiente».



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