Estimado candidato

Estimado candidato

Ahora que más o menos volvemos a tener constancia de que los programas de los candidatos tienen, como siempre, de casi todo se supone que es momento de elegir. No seré yo, Dios me libre, quien pida el voto para nadie, quien vaya más allá de la cantinela de que la participación es uno de los pocos derechos que deberíamos de cumplir escrupulosamente. Aunque sólo sea para poder levantar la mano, o la voz, en los próximos cuatro años. No hay, como era de esperar, grandes ideas, llamemos a éstas revolucionarias, novedosas o extravagantes. Tampoco pequeñas, pese a que serían coherentes e incluso bienvenidas en estos tiempos de crisis económica tan bestial. No hay excesiva demagogia, valga la extraña redundancia. Es decir, no la que suele ser habitual. Se presupone que la situación no está para meter la pata en los escenarios de los cines. Las autonómicas y municipales tienen el romanticismo de lo doméstico, es decir ninguno, pero poseen el innegable valor de lo que dicen debería ser estar pegado a la tierra.

 

En trazo grueso, la dinámica mitinera y la esencia de los mensajes, parcos en oratoria y golosos en decibelios, es común en todo el país, en los territorios donde se han convocado elecciones. Todos, supongo también, tendrán sus especialidades regionales. En Asturias, hasta el momento, el cambio climático electoral lo protagonizan la composición de un paisaje político ‘a la navarra’ con la irrupción de un nuevo partido de derechas, y la pastoral del Arzobispo que obliga de nuevo a buscar a los católicos de izquierdas en la jungla y en los hospitales de campaña de las guerras africanas.

Los programas, muy de menú del día, presentan las habituales ayudas a los más perjudicados, léase apoyo a las familias con todos los miembros en paro, fomento del empleo juvenil, acceso asequible a la vivienda y, ocasionalmente, perlas como la de subvencionar la puesta de ascensores en las fincas, imagino, que no los tienen. Mejoras de las comunicaciones, mejoras de aceras, parques y jardines, rehabilitación del antiguo teatro, más planes de vivienda de protección y más defensa del medioambiente en zonas tan privilegiadas. Educación, sanidad y cultura van como siempre por barrios, nunca mejor dicho. Es la santísima trinidad de los sospechosos habituales. Por lo demás, se trata de asustar un poco, como si no estuviésemos ya lo suficientemente acojonados. Unos darán más dinero a los ricos, otros se lo quitarán a los más desfavorecidos, más conocidos como pobres. Unos beneficiarán a unos y otros perjudicarán a otros. Quién saldrá mejor parado de determinada estrategia, quién se lucra con aquella estratagema. Pelea de gallos habitual en la caza del voto liberado.

 

El ritual de campaña, al margen de las consideraciones de toda la vida, se antoja carcundio, un ‘déjà vu’ muy cansino y que, pese a la gravedad de los tiempos, parece atraer sólo al político y a la militancia. Endogamia peligrosa en un momento en que se precisa dirigente distinto: diáfano, solvente, fresco, inteligente, que diría el anuncio por palabras… Los líderes nacionales del siglo XXI han decepcionado hasta el punto de situar las citas electorales en el cartel europeo de la inercia: baja participación por escepticismo, comodidad, desazón o hastío. Suele comentarse erróneamente que en estas elecciones, las no generales, se vota más a la persona que al partido. Tendemos a creer que la cercanía da opción a una confianza suprapartidista; usamos la vieja escudilla de la vanidad para pensar que conocemos bien al personaje, al estimado candidato, lo suficiente para votarlo o dejar de hacerlo, o incluso para votar a otro..

 

Al cabo, creemos que dependen de nosotros, como debiera de ser, pero no es así. Sin haber tantas combinaciones como en el ajedrez, estas elecciones esconden en Asturias certidumbres inquietantes. La demoscopia ya se va encargando, paulatinamente, de centrar las posibilidades, de colocar el pastel en el escaparate para que el demócrata practicante remate con su única certeza, la individual. Nada más peligroso que la baja participación, nada más tenebroso que la soberbia del voto.

Como buen pardillo, sigo echando de menos programas que nos hagan mejores, que a la búsqueda de la felicidad dejen de llamarla estado del bienestar y que el estimado candidato hable de las cuestiones más graves con mejor careto, que no desmoralice. Que la deuda pública no nos machaque, que los desvaríos, además de penalizarse, se sufraguen. Que mi ciudad sea amable y mis gobernantes coherentes, buena gente. Y si no, que se repartan dividendos.

1 comentario

  • # Pecata Minuta. Responder

    16/05/2011 19:29

    Lo que nos falta, es ILUSION. Ganas de levantarnos. Si fuéramos capaces de dejar atrás las viejas rencillas, y jugáramos todos en el mismo equipo, con independencia de idearios, otro gallo cantaría. Al final, todos queremos lo mismo...ser FELICES!!!

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